La desconfianza como pilar de las relaciones público-privadas

Abril 19, 2009 | Sin Comentarios »

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Por Raúl Arteaga Montesinos
Director GEQ Chile S.A.

Las relaciones entre el mundo público y el mundo privado debieran tejerse bajo el principio de la “buena fe”. Considerándolo tema de contingencia, buena parte de nuestro ordenamiento normativo descansa bajo este principio; es decir, se asume que las leyes se cumplen, de modo que el acto fiscalizador podría reducirse a la verificación del cumplimiento.

En la práctica así funciona -por mencionar un ejemplo- el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA). De hecho, en la presentación de una Declaración de Impacto Ambiental (DIA), ésta se asume cual testimonio jurado, donde el servicio público competente hace acto de fe que su contenido es absolutamente fidedigno.

Nadie debiera dudar que los muestreos presentados fueran realizados en el lugar y tiempo declarados. De la misma forma, el privado espera que el profesional público analice su proyecto desde una óptica desprejuiciada y técnica. Pese a todo, no falta quienes voltean la espalda ante “la buena fe”, sin dar importancia al sector que pertenezcan.

Honrar “la buena fe” genera lazos de confianza y ello implica un proceso lento, aunque progresivo. Es que estas relaciones forman parte de la construcción de nuestra sociedad y pudieran mantenerse sanas, siempre y cuando sean alimentadas con grandes raciones de honestidad y sinceridad.

Por el contrario, al vulnerar esos principios, las lealtades se ennegrecen, rompiendo vínculos indispensables en el mundo público-privado. Basta recordar el Caso Celco: aún cuando la planta de celulosa hoy en día sea una de las empresas que más resguardo posee en materia medio ambiental, los acontecimientos en el Santuario de la Naturaleza “Carlos Andwanter” dañaron relaciones profundamente. Éstas tardarán mucho en reconstituirse.

Por estos días, le ha tocado a la industria salmonera enfrentar un grave conflicto, que se presenta como efecto dominó. Sin duda ha afectado la estabilidad de miles de trabajadores y la seguridad económica de sus familias. Por otro lado, los índices de desarrollo a nivel comunal comienzan a disminuir notoriamente.

Desde mi punto de vista, el escenario actual no es muy alentador. La desconfianza está reinando en las tierras del público-privado, generando dificultades en las relaciones interpersonales. Cabe mencionar que en momentos de crisis siempre se puede vislumbrar oport-unidad-es. En este caso se presenta como desafío abierto y está basada en volvernos empáticos, dispuestos a ponernos en el lugar del “otro” y consensuar objetivos comunes.

Trabajadores y empresarios; ONGs y emprendedores; servidores públicos y privados; reguladores y regulados; fiscalizador y fiscalizados… todos son integrantes de un mismo sistema y cumplen funciones que se complementan para potenciar el desarrollo y el bien común. Quienes actúan con la lógica del enemigo, según mi opinión, se equivocan.


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